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PUC-RJ 2016

Comer y mirarse a los ojos, cada vez más difícil.

 

 

Hay bares y restoranes que premian la comunicación entre comensales. Los que se animan a no usar el teléfono durante la comida pagan menos.

 

Empezaron hace más de un año con los carteles de remate imperativo que no siempre eran bien recibidos: “No tenemos Wi-Fi, hablen entre ustedes” (o la versión romántica que mandaba a mirarse a los ojos aunque el comensal estuviera comiendo solo). Pero en los últimos meses algunos bares y restaurantes porteños decidieron dar un paso más: ofrecen descuentos y beneficios para los que se animen a desprenderse del teléfono durante toda la comida. Todo un desafío.

 

“La anécdota es que un viernes a la noche vino a cenar una familia –padre, madre, dos adolescentes – y estaban los cuatro totalmente absorbidos por sus aparatos. Este es un lugar histórico, patrimonio de la Ciudad, donde buscamos dar un servicio diferente y tratamos de contarles dónde están, de qué se trata. Pero no pudimos porque además de perderse el momento de encuentro en familia tampoco se estaban comunicando con nosotros. Y no solo eso: el señor se quejó de que la comida estaba fría. Obvio, cuando finalmente dejó el teléfono el plato se había enfriado”, cuenta Benjamín Zadunaisky, gerente del Club del Progreso, restaurante que implementó un 15% de descuento para las mesas en las que se desprenden de sus aparatos.

 

En la pizzería Monzú fueron probando alternativas hasta que decidieron “invitar” el plato de entrada a los que dejaran su celular en la caja. Con una salvedad: lo pueden sacar un ratito para fotografiar los platos para las redes sociales. “Vimos en un blog que se estaba haciendo en Europa y Estados Unidos y empezamos a probar. Les decíamos a las camareras que propusieran a los clientes dejar los teléfonos en la caja para promover la comunicación. Al principio les parecía frívolo, mucha gente a la que no le interesaba. Después sumamos la promoción. La gente se empezó a copar y cada vez son más los que preguntan. El tema era qué hacer con la moda de fotografiar la comida. Entonces cuando llegan las pizzas a la mesa les devolvemos un teléfono para que tomen la foto y nos lo volvemos a llevar”, cuenta Juan Manuel León, chef y dueño.

 

Algo parecido sucedió en Fifí Almacén. “Sentíamos que no disfrutaban de todo lo que les podíamos dar en ese estado”, dice Luciano Combi, su chef. Ellos colocaron un cajoncito como centro de mesa y de lunes a viernes, en el almuerzo, dan un 10% de descuento a los que apaguen sus teléfonos y los dejen ahí durante toda la comida.

 

En el restaurante La Baita incorporaron el descuento del 5% para los que dejan el teléfono. “Vienen parejas que no se hablan durante toda la comida. Lo primero que hacen cuando se sientan es preguntar la clave de Wi-Fi y le dan para adelante”, describe Guido, el encargado.

 

Es cierto, todavía no son mayoría los que se suman a la propuesta. “Pero va teniendo mucha repercusión. Diría que un 20% de los que vienen a cenar lo toma y cada vez son más”, se entusiasma Zadunaisky. “Al principio bromeaban sobre el tema en las redes sociales, pero en general está teniendo buena recepción, les parece al menos divertido. Siempre hay un par de mesas por almuerzo que participan”, se suma Combi.

 

Todos coinciden en que un tema que preocupa es la seguridad de los aparatos durante la comida. “En general quieren ver dónde se guardan sus teléfonos. El otro día vino una chica que había cambiado el aparato después de mucho tiempo y no lo quería soltar, lo controlaba desde la terraza”, cuenta León. “El procedimiento es seguro. Cuando dicen que quieren la promoción se acerca la cajera con sobres en los que toma el nombre, el número de mesa y ahí guarda cada celular”, apunta Zadunaisky.

 

¿Por qué se genera esta relación con los dispositivos móviles? “El miedo a quedarse afuera –FoMO o fear of missing out–, que genera una ansiedad muy importante que lleva a que estemos todo el tiempo chequeando si nos perdemos de algo y a la vez teniendo que generar cosas para no quedar afuera y que los otros estén conmigo”, responde Laura Jurkowski, psicóloga y directora de reConectarse, un centro especializado en la problemática de nuevas tecnologías.

 

La dependencia no tiene edad. “Vemos que el celular se empieza a utilizar a edades más tempranas y se incorpora como algo normal. Es muy frecuente en los adolescentes que de por sí están en una etapa del ciclo vital en la cual se busca la aprobación constante de sus pares”, avanza la especialista. Y más allá de la interacción social, también puede tener consecuencias en la alimentación. “Se empieza a hacer en automático porque la atención está puesta en otra cosa: no se presta la atención necesaria a qué se está comiendo, cómo o en qué cantidad”, apunta.

 

¿Qué hacer ante esta situación? El primer paso es tomar conciencia de lo que está sucediendo. “Hacer una autoevaluación sincera y registrar cuántas veces uno mira el celular mientras está en otra actividad. Proponerse estar atento a eso y generar momentos libres de celular. Y ahí ayuda que los aparatos queden en otro lado. Aunque al principio genera ansiedad uno se va a acostumbrando. Y las motivaciones externas ayudan. Si además te dan un premio como el descuento, suma para corregir el hábito”, cierra Jurkowski.

Clarin.com. 14/06/15

 

 

Una reflexión que está presente en el artículo es

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